EL FUTBOL: Un poco de Historia… Identidades y Géneros. Parte III


Parte I
Parte II

[Por Deux ex machine]

Noviembre de 2008 en Temuco y se reinaugura el Estadio Germán Becker, pronto a utilizarse en el Mundial Femenino en su categoría Sub 20. Ante 18.000 personas, record de asistencia a un evento deportivo femenino en Chile, y en su calidad de Presidenta de la República, Michelle Bachelet se apresta a dar el puntapié inicial que oficializa el renacimiento del recinto. Da tres pasos hacia atrás, dispara con su pierna derecha y… su zapato de tacón vuela por los aires, mientras el balón, en sentido contrario se desplaza hasta las manos de Christianne Endler, arquera de la Selección Femenina de Chile y, a la vez, el principal rostro publicitario de la campaña de apoyo a la Selección.
Por su parte, el díscolo zapato presidencial, es rescatado con notable premura por el Diputado de la República, Eugenio Tuma, quien con la misma habilidad deposita el calzado en el pie de Michelle Bachelet, mientras todas las cámaras tenían, ya detallada, una secuencia fotográfica del hito temuquense, con el público de fondo mostrándose cronológicamente cada vez más sorprendido.
A la sazón, La Selección Chilena de Fútbol Femenina Sub 20 se aprestaba a jugar el primer partido en esa nueva cancha. Se mediría ante su similar de Uruguay como preparación para su participación en el Mundial del cual eran anfitrionas.
Meses atrás, la misión de planificar y dirigir técnicamente a esta selección, había quedado bajo la responsabilidad de la española Marta Tejedor, quien venía con la experiencia de haber tenido a su cargo al equipo de damas del Atlético de Madrid. Designada por Harold Mayne Nichols, presidente de la ANFP y ex funcionario FIFA, Tejedor tuvo la misión de reclutar “futbolistas” que no existían. Chile no tenía Liga Femenina de Fútbol y todas aquellas chicas que algo se desenvolvían con el balón en los pies lejos se encontraban de la alta competencia. Pruebas masivas de futbolistas y un extenso proceso de preparación tuvieron como objetivo consolidar deportivamente a un grupo de jóvenes mujeres capaces de competir en un torneo mundial.
Mayne Nichols, por su parte y como hombre de confianza de la FIFA, buscó en el universo femenino la forma de hacer crecer el fútbol, de potenciarlo como marca. Cierto es que fue la administración anterior la que consiguió la organización del Mundial, mas fue Mayne Nichols el encargado de gestionar con la Presidenta la reconstrucción de los estadios y de liderar la promoción del evento sindicado como un símbolo de evolución deportivo y cultural.
De todo se hizo en el tiempo recorrido desde la designación de Chile como sede hasta la puesta en marcha del evento mismo. Los preparativos fueron sigilosamente fiscalizados, todo con el fin de motivar a la población con el fútbol femenino: recintos con un nivel de infraestructura inédito para Chile y con boletos a precios accesibles, altas autoridades políticas comprometidas con la participación de esta selección juvenil, visitas ilustres con discursos iluminantes y un despliegue publicitario de alto impacto, indican que el posicionamiento del otro género en el mundo futbolero, tiene 3 instancias de propagación: el Estado a través del gobierno; la FIFA a través de sí misma y de la ANFP y; el mercado a través de la publicidad.
Las tres confluyen en una dinámica que tiende a incorporar el icono o mensaje “Futbolización de la Mujer” al mundo cotidiano del ciudadano medio para que se familiarice con él.
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Me Van A Tener Que Disculpar


Eduardo Sacheri es licenciado en Historia, también es profesor, pero, más que todo, escribe.

Escribe, porque, como él mismo lo dice, simplemente un día sintió la necesidad de escribir.

Seguro te suena si te gusta mucho el fútbol, con seguridad lo has escuchado si de vez en vez te das vueltas por alguna librería.

Con total certeza sabes que su nombre empezó a ser pronunciado cuando sus relatos fueron incluidos en un programa de radio por allá por los noventas.

Sacheri escribe. Y escribe sobre lo que pasa cuando la magia comienza. Escribe sobre nuestros héroes, escribe exactamente lo que nos hubiese gustado escribir a nosotros. Escribe sobre lo que imaginamos, escribe lo que leemos. Escribe sobre la vida, esa vida que se resume en una novela de cuarenta y cinco minutos por lado.

Lo que tal vez no sepas, es que Sacheri es autor de “La pregunta de sus ojos” novela en la cual se basa la película argentina de Juan José Campanella “El secreto de sus ojos”, cuyo guión fue escrito por el director del film junto con este hombre que escribe, con Eduardo Sacheri.

Aquí, a continuación, una pequeña crónica sobre lo que siente Eduardo Sacheri por Diego Armando Maradona.



Me van a tener que disculpar. Parte 1




Me van a tener que disculpar. Parte 2


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EL FUTBOL: Un poco de Historia… Identidades y Géneros. Parte II



Puedes encontrar la primera parte en el siguiente enlace.....

El Fútbol: historia, Identidades y Género Clubes sociales y Deportivo (parte I)

[Por Deux ex machine]


El correr del siglo XX contó con una revolución muy silenciosa, muy lejos del ruido de las armas y la tensión de los conflictos: La Revolución Femenina. Sin gritar al mundo sus intenciones, sin altanerías guevaristas o hitlerianas, las mujeres fueron consiguiendo un espacio cada día más extenso en el cual desenvolverse. No necesitaron de discursos revoltosos, ni de regimientos. De manera elegante y con convicción fueron consiguiendo paso a paso sus objetivos, comenzaron pidiendo sólo el derecho de opinión, luego el de participación social y hoy, están a cargo de los destinos de empresas y países. La opinión mutó a decisión… la participación a protagonismo.

Así, el nuevo “submundo de la feminidad” se erige como el potencial gran mercado, como el espacio social nacido para ser conquistado, pero ahora no por machos, sino que por el capitalismo. Hoy, toda empresa debe tener especial consideración con la apreciación que de ella se tenga entre las mujeres. La publicidad que antes se dirigía a la producción de testosterona, hoy debe – casi por obligación ¬– contemplar un lado femenino. El cambio es notable, basta revisar la estrategia de marketing en la década del ’50 y en la primera del siglo XXI, para percatarse del giro. La promoción de motores, alcoholes o cigarrillos, tan masculinizadas antaño, se ve “invadida” por la figura de la mujer. Y el fútbol, en su modalidad neoliberal, no pudo ser la excepción.

Entonces, desde sus cúpulas, se la invitó a competir en sus torneos de manera profesional, así como también se preocupo de incentivar su participación en el espectáculo fabricando el merchandising destinado a su figura, artículos que, per se, eran respuestas a las propias inquietudes del mundo venusiano.

El fútbol comenzó a verse a sí mismo como un articulador social, un espacio en el que se puede satisfacer a todo aquel presente, sin exclusión de edad, raza o género. Este ensamblaje permitió que se desarrollaran nuevos idearios mentales y que se recuperaran las abstracciones pérdidas en el inicio del proceso de globalización. Alinear a hombres, mujeres y niños detrás de un color hizo que las motivaciones competitivas no decayeran. Las marcas (asociadas tanto a la Federación Internacional como a las nacionales), se encargan de presentar una publicidad inclusiva más que excluyente y los países, con ello, mantienen sus rasgos diferenciadores, tan vulnerables luego de la erradicación simbólica de las fronteras. La forma cambia, sin hacerlo el fondo. La identidad se mantiene, pero no como la amalgama de sentimientos espontáneos, ahora es una estructura discursiva diseñada por la publicidad - en colusión con los gobiernos y las federaciones de fútbol - utilizando el concepto de la unidad.

La FIFA no se demoró en comprender y asimilar el fenómeno. Se preocupó por elevar un nuevo concepto de nación, de generar otra identidad, y para ello incluyó a la mujer tanto en sus políticas de masificación, como en su iconografía. La integró al espectáculo, como espectadora y protagonista.

Hoy, no es difícil ver como el marketing futbolero identifica como protagonista del espectáculo a toda la población, a la par con la participación del futbolista y los equipos técnicos. La idea de integrar a todos los seres humanos posibles, en un determinado espacio geográfico y en función de un objetivo común, aún cuando este sea deportivo, hace que el deporte rey siga formando parte del espectro denominado tradición. Nadie queda, por su condición natural, inhabilitado para vivir el fútbol. Desde el punto de vista teórico, uno es para todos, como todos para uno. Se refuerza la identidad ante la amenaza de lo transnacional y así, el negocio crece. Se refuerza una identidad transversal ligada a lo transnacional.

La FIFA no deja ni espacio, ni raza, ni género ni grupo etáreo afuera de sus dominios deportivo-espirituales. Son estas premisas las que posibilitan entender el porqué dejó a cargo de Chile el Mundial Femenino de Fútbol 2008. Aquí había un mercado virgen para ser explotado, las Indias Occidentales de la Iglesia Católica.
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Mi Frustración



[Por Bruce Harper]...

Todo empezó cuando yo tenía 7 años, comencé a sentir una atracción hacia el fútbol.
Primero jugaba con la familia baby fútbol, jugué con ellos durante 3 años, luego empecé a jugar con los amigos. Hasta un día en que uno de ellos me dijo que podría jugar en unos campeonatos que hacía la municipalidad de Santiago. Estos campeonatos duraban un año, se jugaban los días domingos y se entrenaba los sábados. Mi club era Los Álamos Junior.
Los primero partidos que jugué me ponían siempre al final, cuando ya estaba terminando. Todo eso fue durante unos 5 o 6 meses, hasta que me pusieron de titular contra los 3º de la tabla de posiciones. En ese partido tuve un gran protagonismo y me gané el puesto de titular, que era de lateral izquierdo. Después de eso, no me separaba nunca de la pelota, estaba todo el día jugando fútbol: ya sea con los amigos, la familia, el club, donde fuera.
Sentía que el fútbol ya era como importante en mi vida. Después de un tiempo, un amigo me invitó a jugar tenis, yo le acepté. Este deporte me gustó mucho por su alta competencia y por que es más complicado llegar a ser profesional, pero, igual seguía muy aferrado al fútbol.
Pasó un tiempo y mi profesor de tenis empezó a notar una mejoría muy grande en mi forma de jugar. Así que me estaba convenciendo para dedicarme totalmente a la raqueta. Realmente llegó un momento en que estaba dejando el fútbol, me dedicaba tanto al tenis que hasta dejaba de lado los estudios.
Luego, dejé definitivamente de jugarlo, e incluso de ver partidos por TV, cuando antes era mi gran obsesión: lo que sentía por el tenis lo había remplazado. Pero todo eso me duró muy poco, alrededor de 6 meses. Empecé a jugar de nuevo fútbol, pero me sentía totalmente tonto con el balón, se me olvidó hasta como pegarle, la pelota corre al lado mío y parece que se me arrancara. Ahora he vuelto a jugar, pero no tanto como tenis. La verdad, preferiría haber seguido jugando fútbol, pero ya nada es como antes, ahora es mi gran frustración.
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Aquella luz al final del túnel


[Por O.Lee Chong]...
Aquella luz al final del túnel por el que avanzaba era mil veces más penetrante de lo que yo imaginaba. Dicen que el momento exacto en que uno se debate entre la vida y la muerte, ese par de instantes precisos en que uno está a la mitad de la vida terrenal y ese espacio divino que nadie conoce, es la sensación más maravillosa que se puede experimentar, mejor que cualquier viaje con el más poderoso de los alucinógenos. Es como que la mente se pusiera en blanco y uno viviera en un par de segundos una sensación placentera que se hace eterna, una mezcla de satisfacción, miedo y deseo, una extraña amalgama de lo mejor que te ha pasado en la vida. Pero yo tenía miedo, sentía una especie de responsabilidad que no entendía de donde venía. Para mí era extraño. Jamás estuve muy convencido de las cosas divinas, aunque cientos de veces me imaginé caminando por un túnel al lado de gente extraña, todos con el corazón a medio palpitar, caminando hacia una luz seductora pero peligrosa, una luz con una fuerza increíblemente magnética, que lo cambiaba todo.

Adentro mío había algo que me pedía que no caminara hacia esa luz, una pequeñísima fuerza que intentaba convencerme de estancarme y pegar los pies al suelo blando que pisaba, y de a poco retroceder, de a poco volver de las tinieblas, de ese placer mentiroso que haría que mi vida nunca regresara a como yo la había conocido, a que todo lo que había vivido acabara.

No sabía a qué hacerle caso, no sabía si avanzar como todo el mundo, o si retroceder para seguir viviendo en medio de los míos, para seguir siendo el mismo. Para poder cuidar y guardar mi vida para siempre. En mi interior había un debate peligroso, un debate en que discutían mis miedos, mis sueños y mis recuerdos. Un debate donde el juez era un señor al que no se le veía la cara, acompañado de un ser diferente que no tenía alma. A veces, el Diablo y Dios se toman un café a la espera de lo que hagamos los mortales, contando los segundos para decidir en el mejor de los azares qué va a pasar con nuestra suerte.

Yo maldecía ese momento. No es que sea cobarde, no. Había luchado toda mi vida, había sido valiente siempre. Había agradecido en cada segundo de mi existencia el esfuerzo de mis viejos, veía como un icono sagrado esa bicicleta en la que el hombre salía cada mañana como un peón en guerra a dar la vida para que yo pudiera comer, crecer y jugármela por construir mi propia historia. Sentía como un pilar del mundo a la señora que todos los días me despertaba en la mañana antes de irse a trabajar, antes de cruzar la puerta hacia la batalla cotidiana de fabricar oportunidades con sus manos y sostener la sola e inocente idea de que mi hermana y yo pudiéramos “salir adelante”. El recuerdo me inspiraba para levantarme todos los días a seguir su ejemplo. Pero esto no era fácil. Ellos querían hacer una vida mejor para mí, y eso era justamente lo que se me iba: la vida que conocía, la vida que había vivido.

Ahí estaban metidos en mi bolsillo todos mis recuerdos, escondidos en mi mano para que nadie me los robara. Ahí estaban mis amigos de la población, los del barrio, los de siempre. Ahí estaban mis eternos hermanos mayores como les decía yo, que me habían llevado a jugar a la pelota contra los grandes desde que yo era niño. Ahí estaba mi amigo de toda la vida, ese que se casó, ese que tuvo hijos, ese que abandonó los sueños en si mismo, para dejarlos en otra persona. Ese que cuando se acabe el mundo, que cuando un apocalíptico final nos robe hasta los suspiros, va a estar ahí jugando conmigo en la cancha de la esquina, tirando la pelota de arco a arco, a ver quién le hace más goles al otro.

Ahí estaban mis amigos del liceo, esos que me acompañaron en la adolescencia, esos de las fiestas, esos que vieron cómo una mujer de mi misma edad me rompió el corazón a los quince. Esos que tuvieron que esperarme, esos que entendieron que yo estaba en otras cosas.

Ahí están todos, metidos en mi bolsillo, en los recuerdos de una vida que estoy a punto de perder, en la memoria de un joven como yo que no sabe como mierda llegó a hasta aquí.

La niñez me pone nostálgico, los recuerdos de mi viejo llevándome a la cancha a jugar los domingos, esa vieja camiseta de Caszely que una vez accidentalmente le quemé en una estufa a parafina mientras mi mamá intentaba secarla más rápido. O esa noche que a veces pienso que fue mentira, la de mi primer recuerdo, la de estar sentados mirando la tele, viendo a un grupo de hombres con uniformes de batalla, cuerpos blancos llevando entre las manos la gloria, la esperanza, el trofeo máximo, una figura cilíndrica enorme que da la vuelta en un estadio repleto, húmedo de tantas lágrimas, y miles de manos que apretadas contra la reja intentaban tocar ese pedazo de metal que se paseaba delante de ellos, y que esos guerreros vestidos de blanco les enseñaban y acercaban lo más posible.

Lo recuerdo borroso y oscuro, pero como si fuera ayer, como si mi viejo estuviera al lado mío para que yo le preguntara tal como esa vez: “¿por qué la pasan por la reja, por qué dejan que la gente la toque?” y para que él me respondiera llorando: “porque tienen que mostrársela al pueblo, porque es de ellos, porque también es tuya...” Ese día supe que pertenecía a algo especial, que era parte de una raza diferente de gente humilde y esforzada, pero ganadora... De gente que no se agacha ante los problemas, de herederos genuinos del único pueblo del continente que no entregó jamás sus tierras ante la pólvora del invasor, que a fuerza de inteligencia y coraje JAMÁS se rindió ante el miedo. Ese día supe que había que acostumbrarse, que entre mi padre y yo había algo tan especial como poderoso. Algo que creció y que regó a mi hermana, algo intimo que se comparte en forma suprema con los que uno quiere, con los que uno realmente confía.

Esa noche fue única, esa noche rompimos la tónica de una historia mezquina con los de este lado, con los que bañamos nuestra costa de Pacífico. Esa noche trajimos el símbolo de los Libertadores de América a nuestra vitrina generosa. No había que ir a Santiago para verla, no había que visitar Cienfuegos 41. La teníamos nosotros en nuestra casa, estaba en mi población. La veía todos los días que mis viejos llegaban del trabajo, la tocaba cada tarde de sábado en la esquina con mi vecinos y mis amigos, cada domingo en la cancha jugando mi propia final. Estaba en el living de la casa de cada orgulloso individuo anónimo que llevaba en el pecho un escudo con el nombre de un viejo caudillo que organizó a su pueblo para pelear hasta la última gota de sangre defendiendo lo que creía que era justo.

Yo avanzaba por ese túnel, pensando que cuando llegara a la luz todo iba a ser distinto. Me reiniciaba... ¿reencarnación? No tenía idea... solo pensaba en la vida que dejaba, solo recordaba y veía a mis viejos,...y a mi hermana: las imágenes estampadas en fotos viejas de una niña de ojos negros y trenzas, de vestido a cuadros, que agita una bandera blanca, mientras su madre ríe, y su padre mira orgulloso. El cuadro de un chico triste que llora caminando de noche por las calles de una ciudad oscura, con la mano de su padre en la espalda, y el consuelo de saber que se perdió una maldita liguilla, pero no la vida para seguir intentando ganar. El recuerdo de una voz por el auricular que se escucha solo un par de veces en el año, un padre que extraña a sus hijos que se fueron de la casa, que odia la tecnología, y que solo pide hablar por teléfono con ellos cuando termina el torneo, para gritar una vez más, ¡¡somos los mejores, somos campeones!!

Si llegaba a la luz, nunca más iba a poder ver por la tele cómo un hombre venido desde el otro lado de la cordillera metía un zapatazo que cambiaba el rumbo de tú vida, que mataba de un infarto por la emoción a otro hombre a miles de kilómetros de distancia en el sur del país. Yo era apenas un niño, pero comprendía que la vida te puede cambiar en un segundo si un partido te da la espalda pero hay un héroe con el número 8 en la espalda, que es capaz de engañar al destino y hacer que al día siguiente un país completo despierte orgulloso y contento. Gracias por esa Espina clavada en la historia de un grupo humano que no olvida. Gracias, porque yo era un niño, pero me sentí como un hombre aprendiendo la lección que hasta el día de hoy llevo grabada en mi memoria, que mejoró mi vida, porque hoy sé que ante cualquier rival, que en cualquier escenario, que en la situación más adversa, siempre se puede llegar hasta el final con una sonrisa, como aquella noche de Supercopa de 1996.

Cada segundo que pasaba era un par de pasos que me acercaban a ese final que me estaba esperando, yo aceleraba mi cabeza. Trataba de que los recuerdos se apuraran para verlos a todos juntos y dar mi último respiro feliz. Apretaba mi mano para que no se fueran las imágenes. Mi puño sangraba del esfuerzo por capturar lo que yo no quería que me abandonara. El destino estaba al final de ese maldito túnel. Todo lo que me estaba pasando era inevitable, la luz era cada vez más fuerte, y un murmullo me hacía estallar la cabeza.

Mi vida acababa, cambiaba. Ese niño que lloró como hombre que era en una noche de invierno junto a su padre, cuando la esperanza de repetir la hazaña de seis años atrás se vio destrozada frente a un enemigo conocido que supo derrotar nuestra lucha, se va a acabar. Ese niño que lloró de la emoción en una noche de diciembre cuando todo el mundo decía que nuestra historia estaba quebrada, y aquel hombre, el mismo de siempre, ese venido desde el otro lado de la cordillera, se echó los problemas al bolsillo, la responsabilidad en la espalda, la rabia acumulada en su interior como combustible para el alma, y nuevamente nos puso de cara al cielo, con los brazos arriba, sintiendo que no hay nada mejor que todos nosotros juntos peleando por lo que siempre hemos sabido, ser campeones.

Falta poco, ahí está el final, un paso y todo esto se acaba. Me inunda el miedo, me atropella el pánico. Siento frío, siento ganas de huir de todo esto. Qué mierda pensará mi madre, que trabajó todos los malditos días de su vida por mi culpa, que no supo de descanso para poder ver a su hijo cumplir sus metas. ¿Sabrá lo que pasa adentro mío? ¿Tendrá noción del miedo que tengo? Fui injusto con ella, dejé joven la casa para ir en busca de lo que yo tanto quería. Jamás me dio la espalda, siempre confió en mí.

La luz me toca, estoy en pleno margen entre mi vida, y... ...la otra. Estoy cruzando el túnel, lloro. Una vez más estoy llorando. Pero no es miedo. Los recuerdos de mi vida se me agolpan en la cabeza, la luz me cubre por completo, el ruido estalla. No creo lo que veo, hay un ser supremo que me llama. La sensación es miles y millones de veces más intensa de lo que me imaginaba. ¿Así es abandonar la vida?

Una fracción de segundo de silencio y claridad, un pequeño instante en que me concentro en un punto en especial... hay mucha gente, mucho ruido, vapor, nubes, una niebla espesa que no deja ver... pero ahí está, allá a lo lejos lo distingo, veo a... sí, ahí está mi padre. Una vez más este niño está llorando como un hombre que es... desde la distancia distingo a mis amigos de toda la vida, los del barrio, mis eternos hermanos mayores, están mis amigos del colegio, los que me entendieron y supieron esperarme, está mi hermana, mirándome con orgullo, está mi madre con un expresión de haber terminado una carrera contra el tiempo y tener una medalla de oro olímpica en las manos, y a su lado... mi padre, sí, mi padre, un hombre de acero que llora como un niño, mirándome, viéndome... lloramos juntos, a la distancia. Llora por mí, llora por él. Llora porque se cumplió su sueño, y el de su viejo... llora porque cumplí el sueño de mi vida. Llora porque también recuerda. Llora porque delante de sus ojos está el momento supremo que esperamos durante toda nuestra existencia, para el que trabajamos como indios guerreros que somos, como hijos de una raza brava e invencible, indómita y eterna.

Llora por lo mismo que lloro yo. Llora porque crucé el túnel, porque llegué hasta la luz, porque estoy pisando el pasto del Estadio Monumental, porque lo imaginé durante cada día de mi vida, porque el ruido ensordecedor de los miles de colocolinos que gritan rompiéndose la garganta te desgarra los oídos, porque el papel picado ahora cae en mi cabeza, porque las luces de bengala te hacen doler los ojos, porque los fuegos de artificio, el humo y el palpitar de cientos, miles, y millones de corazones son como el puño apretado que sangra con los recuerdos de mi vida. Una vida completa que sirvió para preparar y esperar este momento, en el que todos mis deseos y sueños como niño, hombre, hijo, hermano y amigo se reúnen en el centro de la cancha, saludando a los miles de niños que miran soñando con estar aquí algún día, aunque sea un momento de sus vidas, donde estoy yo... ahí, en ese lugar, en el que tantas veces vi y envidié con toda mi alma, en el lugar del venido desde el otro lado de la cordillera, en el lugar de todos mis héroes de infancia... Ahí mismo. Porque ahora seré yo quién le muestre la copa al pueblo, porque es suya, porque es de mi viejo, y porque bueno, porque ahora también es mía...
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¡¿Y qué hace una niña aquí?!



Por Patty...



Supongo que, para una chica de 10 años, las expectativas de diversión y ocupación de tiempo libre que uno podía esperar en los 90s era el Nintendo, las Barbies, jugar a las palmas o cualquier otra cosa artística con que se suele asociar a las niñas de esa edad.
Supongo que, también, es esperable que vean teleseries o dibujos animados, y que el sufrimiento tenga más que ver con si Juanito te miró, si Pepe te siguió molestando o si te van a dar permiso para ir a la casa de tus amigas pese a que te portaste mal y no te comiste la comida.
Sí, yo creo que eso se les debe haber pasado por la cabeza a muchos cuando se dieron cuenta que yo no era precisamente una chica convencional, cuando me veían despertar a las 9 de la mañana un día domingo para ver el infaltable clásico del Milan con el Inter. Porque la sorpresa debía ser mucha ¿no? Una niña, de 10 años, hablando del Calcio, de cómo Weah quitó la pelota, de cómo Baggio anotó los goles, de Maldini, ¡hasta Baresi! ¡¡¡Yo me acuerdo haber visto jugar a Franco Baresi!!!
No era raro pensar, entonces, que también hablara de fútbol. Y aunque jamás, jamás, fui popular entre los chicos, al menos tenía ese tema de conversa.
Mis mejores amigos entonces (y aún), eran los dos futboleros. Ambos del O’Higgins. Yo, por tradición familiar, siempre he sido de la Católica, pero cuando juegan entre ellos voy por el Capo de Provincia, de todas maneras.
Y sucedía que a ellos no les daba lata ir a mi casa, ni a mí a la de ellos. Hablábamos de monos, de fútbol, jugábamos y hasta bromeábamos con las Don Balón que sagradamente había comprado para ver a Baggio. Ok, ya sé que no es convencional, pero convengamos que tanto pantalón corto es un acercamiento a la apreciación del sexo masculino. Indirecta, pero lo era.
En una de ésas, el último año en que sabíamos que íbamos a estar juntos, uno de mis amigos estaba de cumpleaños. Y yo, aquel “niñito con faldas”, que toda la semana bromeaba con ellos, no halló mejor forma de, por primera vez, “hacerse la linda” con el parcito. ¿Que qué se me ocurrió? Pues, acudir a mi mamá (conocedora de la mitad de Rancagua en esos tiempos… ya conoce a tres cuartas partes de la ciudad) para que contactara a alguien que fuera del O’Higgins. Y precisamente, un amigo de ella era administrativo del club.
Día sábado, colándose en la micro, y el trío partía a un entrenamiento. El Marco lloraba casi, el Edgar apenas podía de la emoción, y yo, imaginándome la cara llena de risa de aquel memorable momento. Llevaron un banderín, yo llevé un cuaderno, y los tres pegaditos en Baquedano viendo al equipo entrenar. Era una más y eso siempre me gustó.
Todo bien: todos contentos, conseguí un autógrafo del entonces jugador Claudio Borghi, hasta que, claro, algo pasa que te devuelve a la realidad y te dice que: PUTA QUE ES RARO VER UNA NIÑA DE 10 AÑOS FUTBOLIZADA. Estábamos de lo mejor, cuando uno de los jugadores sale “en pelotas” a llamar a otro ¡”En pelotas”! Y ahí, horrorizado, me ve junto a mi par de amigos y dice: ¡¡¡“Cómo es que no avisan que hay una NIÑA aquí”!!! ¡¡¿QUÉ HACE UNA NIÑA AQUÍ?!!”
Ahí, por primera vez, mis amigos me vieron como a una chica. De las que se esperaría que jugara al Nintendo, las Barbies, a las palmas o cualquier otra cosa artística con que se suele asociar a las niñas de esa edad.
Y así, sin más… me sonrieron, con la misma sonrisa que, hasta hoy, ponen otros cada vez que se enteran de que me gusta el fútbol.
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¿Clásicos chicos?


[Por: Fracchia]...
Tal vez será exagerado, e incluso impensado para algunos, escribir o leer unas cuantas líneas acerca de aquellos partidos de fútbol, que pueden ser o no televisados de acuerdo a los espacios del CDF en la actualidad, de equipos de provincia y que generan tanta expectativa en las ciudades en donde se juegan. Que se transforman en verdaderos campos de batallas, donde se crean ambientes únicos que hacen que aquel día, y en especial la hora del juego, se paralice casi completamente la ciudad.
Si nos gusta el fútbol, casi por obviedad ponemos atención cuando se enfrentan rivales de provincias cercanas y cuyas características y fanaticadas hacen de los encuentros verdaderos clásicos. No todos le prestan la atención que debieran tener tales partidos, sólo es cuestión de prender el televisor a la hora de ver los noticiarios y apreciar la escasa o nula cobertura hecha en las secciones de deportes, o bien, de los mismos programas deportivos realizados por cada estación que ignoran casi por completo estos cotejos.
Existen clásicos en muchos lugares a lo largo del territorio, cada uno con historias de rivalidad, triunfos y derrotas, con momentos de dolor y angustias, en donde la pasión mueve a miles al estadio, o bien, haciendo lo necesario para acompañar a sus equipos por el medio que sea.
Si hablamos de clásicos chicos con historia, y que en verdad son grandes clásicos, imposible no pronunciar palabras para aquellos entre Santiago Wanderers de Valparaíso y Everton de Viña del Mar. Ambos elencos en el plano amateur se enfrentaban en el marco de la Primera División de la Liga de Valparaíso, pues ambas escuadras eran de cerros, Playa Ancha y Placeres respectivamente, aunque los clásicos en aquella época eran protagonizados por el Decano y Deportivo La Cruz. Luego, el Ever Forever se traslada e instala definitivamente en la ciudad de Viña del Mar, poseyendo, entonces, las dos ciudades más importantes de la Región su propio equipo a partir de 1943, y transformándose al año posterior, ya en la etapa profesional del balón pie nacional, en el clásico más importante de la zona.
Hecho no menor, es que este clásico, desde aquel entonces, ya abarcaba muchas más cosas que una simple rivalidad entre ciudades, disputa orientada principalmente a su configuración de centros turísticos y económico-políticos, que tienen que ver más con la cultura diferenciadora de cada ciudad, manifestada principalmente en la idiosincrasia de su gente, y, en el plano del deporte más hermoso del mundo, en el fanatismo de su hinchada.
Tal es la atracción que generan ambos equipos, que no es de extrañar que personas del interior de la quinta región se representen con uno u otro elenco, que las expectativas generadas, no sólo antes de cada encuentro, sino que constantemente, sean tema en las emisoras radiales y medios escritos locales, sin importar muchas veces las diferencias en la tabla de posiciones o si están en una misma división. Más allá de los clichés y lugares comunes, estos clásicos son clásicos, sin importar los momentos, estadísticas, bajas, ni contrataciones.
En lo futbolístico, cómo no recordar el partido de la pre-sudamericana del 2004 en donde, jugando de local, Everton cae inapelablemente ante su archirrival por 2-5, aunque estadísticamente el equipo viñamarino posee una paternidad sobre el Decano en partidos oficiales. Por esos encuentros han pasado grandes futbolistas, recordando incluso que la zona, y en particular ambos elencos, ha sido cuna o paso importante de grandes jugadores como Don Elías, Mario Véner, Vicente Cantatore (del glorioso equipo de los Panzers del 68), Fernando Campos y David Pizarro por Wanderers; Domingo Sorace, Daniel Escudero y Meléndez por Everton. Uno que ha jugado y marcado por ambas escuadras es Jaime “Liebre” Riveros, que con su exquisita pegada ha demostrado ser un especialista con la pelota detenida, logrando además un record jugando por los caturros en el 2004 al marcar goles en 15 fechas consecutivas, posibilitando además la obtención del campeonato de aquel año, siendo también, tiempo después, (apertura-2008) campeón y figura en el Everton de Nelson Acosta.
Suele ser común que las alegrías de unos sean la tristeza de otros. Lo que realmente llama la atención es que los instantes de gloria son el momento predilecto para hacer alarde ante sus archirrivales, cosa que incendia aún más los ambientes entre ambas parcialidades. Así sucedió con ambos títulos mencionados. Pero, ¿clásico chico?...creo que quienes definen así este tipo de pleitos no saben mucho de fútbol, y tampoco han logrado dimensionar el real alcance, la pasión, el jolgorio, no han sentido los estruendos de los petardos provenientes de las gradas, los cánticos al compás del bombo, el aliento permanente del jugador número 12 y el coraje, empuje y habilidad de los 22 actores en un terreno de juego.
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